martes, 2 de octubre de 2007

Palabras para el alma





Uno no puede ir muy lejos en el sendero de la vida sin encontrarse con tribulaciones. Tribulación es un término relativo que no significa lo mismo para todas las personas. Algunas de las experiencias humanas que denominamos tribulación tienen que ver con la aflicciones corporales. Para otros es una gran tristeza producida por la muerte de algún ser amado. Para otros puede tomar la forma de un fracaso o de un desengaño.

Algunas personas piensan que la mejor manera de enfrentar las tribulaciones es sonreír: "¡Sonría a los males!" nos suelen decir, parece fácil . Esa filosofía es buena hasta donde es aplicable; pero ¡Cuan inadecuado resulta reírse de las tribulaciones cuando tenemos que enfrentarlas en la cruda realidad! ,¿No es asi?. La pregunta decisiva no es ¿Qué nos pasa? sino ¿Qué pasa dentro de nosotros?.

Lo importante no es qué tipo de tribulación nos ha sobrevenido, sino qué actitud hemos tomado al respecto. La auto compasión y el resentimiento están mal y no son la respuesta adecuada, pero hay muchos de nosotros que reaccionamos de esta manera ante el dolor y la tribulación.

Dios nos capacita para vencer en nuestras tribulaciones. Esto siempre es así,pero debemos dejar que EL cumpla sus planes para con nosotros. El método cristiano es transformar las tribulaciones en triunfos. De la misma manera que la ostra herida por el grano de arena sufre el largo proceso de envolver el lugar afectado con una sustancia gomosa hasta producir una perla, nuestro sufrimiento puede ser transformado en una bendición, el pasivo puede ser transformado en activo, la adversidad y el desengaño pueden engendrar la victoria. Hermanos : "Procuremos transformar nuestras tribulaciones en triunfos".

Cuando la aflicción nos visita bajo el poder de la gracia Divina,inmediatamente obra en nuestras vidas un servicio magnífico. La aflicción revela profundidades desconocidas que existen en nuestras almas y aptitudes desconocidas por nosotros mismos.

Las personas alegres y frívolas siempre son superficiales y nunca sospechan la diminuta mezquindad de su naturaleza. La aflicción es el arado con que Dios remueve y labra las profundidades del alma para que produzca una cosecha más abundante.

La aflicción hace que marchemos más despacio y juiciosamente, y examina nuestras tendencias e inclinaciones. Es la aflicción la que abre en nuestro interior las aptitudes para la vida celestial y la que nos dispone a lanzar nuestras aptitudes en un mar de servicio sin límites para Dios y para los que nos rodean.

Dios los bendiga.

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